Hace muchos años se llevó a cabo acá en Buenos Aires una gran muestra de las obras de Salvador Dalí. En aquella ocasión —2003 o 2009, años de grandes muestras de Dalí— vino especialmente desde Necochea la prima artista plástica de mi mujer a visitarla y la llevó —a mi mujer— con ella. Cuenta que le hizo dar toda una vuelta a la exposición en silencio: nunca se había aburrido tanto. Al terminar, la prima dijo “vamos de nuevo” y comenzó de vuelta la recorrida, pero esta vez parando en cada obra y explicándola. “Se me abrió un mundo que nunca hubiera imaginado” dijo mi esposa.
Yo me pregunté —y lo sigo haciendo aún— si el arte debe ser explicado, sigue siendo arte. ¿Cómo diferenciamos arte de entretenimiento, por ejemplo, o arte de publicidad…? Y recordé un artículo que leí hace muchos años acerca de quién decide qué es arte y qué no. De acuerdo a alguna IA que le pedí que investigara, es probable que el artículo de marras haya sido escrito por George Dickie o Arthur Danto, quienes sostienen, palabras más palabras menos, que arte es lo que el autor decide que es arte.
La semana pasada la gente de la Fundación Andreani, “capitaneada” por Verónica Zampa, Gerente de comunicaciones de Andreani y Mercedes Urquiza, coordinadora de arte en la Fundación, nos invitó al lanzamiento de una serie de instalaciones que combinan arte y tecnología.
Al comienzo, nos llevaron al tercer piso donde la arquitecta y artista Magdalena Molinari instaló unos ladrillos transparentes en el piso con un sistema que iba cambiando los colores en loop, como reflejo del cambio de luz que se verifica a lo largo de un día. Juro que si no me avisaban, no me daba cuenta.
Luego fuimos a una habitación cruzada por innumerables tiras de tela que parecían, de primera impresión, esas telarañas que suelen mostrar las películas, que se encuentran en habitaciones que estuvieron cerradas mucho tiempo. Nos explicaron que eran tejidos y ahí entendimos un poco, creo. La idea es de un colectivo llamado T.T.T.T. (Trabajadoras de Tejido, Técnica y Trampa), un grupo de arte experimental que trabaja con máquinas de tejer circulares y antiguas Knittax de los años ’60 para explorar la comunidad a través del arte textil.
Lo que siguió fue una instalación a cargo del fotógrafo y docente Gabriel Valansi que, con Unpunkt trata de representar 200 años de historia de la fotografía. En una pared muestra una proyección de un grano de plata, “la mínima unidad de la fotografía analógica”. En la pared opuesta, una representación de los píxeles, considerados como la unidad básica de la fotografía digital.
Finalmente entramos en un minilaberinto creado por Ernesto Ballesteros llamado Espejismo. Se trata de “eliminar” la lógica de un “adentro” y un “afuera”. El autor sostiene que la instalación está basada en la famosa Botella de Klein, un constructo matemático que representa una superficie continua, sin adentro ni afuera.
En fin, que a uno, a nuestra edad, le cuesta aceptar que el arte es más que lo que está acostumbrado a considerar, especialmente en la era de la IA. Pero si el autor lo dice, y encima es humano…

